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‘Comiendo en Hungría’ 2/2

Más de 165 páginas bien cocidas de anécdotas, historias, alimentos, postres, bebidas, platos fuertes y tertulias que disfrutaron los escritores en su peregrinar en Hungría

Le recuerdo la ficha del libro en el cual estamos deleitándonos en este par de columnas: editado por “Capitán Swing Libros” con unas fabulosas ilustraciones de Marta Gómez-Pintado, el título es “Comiendo en Hungría”, escrito a dos manos por dos Premios Nobel latinoamericanos, don Miguel Ángel Asturias y el gran Pablo Neruda. El libro se gestó en una andanza por bares, restaurantes y fondas húngaras cuando este par de escritores coincidieron allá. Ambos fueron huéspedes de honor del gobierno húngaro. Asturias iba a lo que antes era Yugoslavia en condición de representante del Pen Club. Neruda iba camino a Moscú, para ser jurado en el Premio Lenin, que por cierto, aquel año se le concedió nada menos que a Rafael Alberti, el español del cual dijo alguna vez Octavio Paz antes de morir, era el último pararrayo celeste.”

Sí, todo en 1965, cuando ambos coincidieron en Hungría y como mero anecdotario para tejer este texto, le platiqué que en ese año, este escritor apenas había nacido. En fin. Mientras su servidor apenas deglutía leche –la cual pronto dejé y a la cual hoy soy intolerante– el par de Premios Nobel (aún no lo recibían, claro) pasaron una larga temporada en Hungría leyendo, disfrutando el paisaje, sus torres, sus puentes, su niebla, su frío, sus baldosas, su gente; pero sobre todo, disfrutaron comiendo y bebiendo hasta casi reventar. Libro entonces único y harto disfrutable. A una crónica de Neruda, viene otra de Asturias. A una estampa de Asturias, le sucede la de Neruda. Más de 165 páginas bien cocidas de anécdotas, historias, alimentos, postres, bebidas, platos fuertes y tertulias que disfrutaron los escritores en su peregrinar en Hungría.

Dejo mis palabras de lado y leamos a Pablo Neruda, por ejemplo, en su prólogo: “Hungría nos gustó y le gustamos. Somos golosos venidos de allá lejos, de tierras calientes que siguen ardiendo y tierras frías que viven con la nieve. Teníamos hambre ancestral, siglos de hambre maya, edades de guerra y hambres de Arauco, hambrunas de Castilla que empujó a América a la soldadesca imperial… la tarde budapestina con sus puentes como parrillas sacrosantas y las faldas neogóticas del Parlamento, torta sublime que miramos como los niños miran las maravillas. Budapest es maravillosa y comestible.” ¡Ah, con esta prosa limpia, sedosa, como cuchillo bruñido el cual penetra en ávida mantequilla! Pablo Neruda fue tan buen poeta como buen prosista, nadie lo duda. Pero entonces se presente don Miguel Ángel Asturias, que fue tan buen prosista como fue buen poeta. Apunta el guatemalteco: “La sopa fue expulsada de los cuentos infantiles, los niños se reunieron y la expulsaron.

El único que hubiera podido defenderla, un niño húngaro al que llamaban `el bigotudo`, se durmió… Internarse en el mundo de las sopas es seguir los pasos de aquel que, temeroso de morir de sed, buscaba el líquido y ya frente a éste, reflexionado que podía morir de hambre, corría hacia el sólido sustento…” Ambas prosas, floridas y con proteínas y vitaminas de más. Un lujo para la mirad semejante libro. Y claro, usted vaya a Hungría, ciudad, país y región de las favoritas del abogado José Moreno Reyna, pero luego de leer semejante libro.

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