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Vidas reflejadas: tercera parte

Mi labor es sencilla: esperar a que la gente termine de malgastar su tiempo y efectivo

Mi querido lector: sin más preámbulo, póngase cómodo y siga disfrutando. Una mañana más. El cielo, siempre azul grisáceo, es el espectáculo que se presencia a través de los ventanales de la galería La femme de noir, aproximadamente a las 18:54 de la tarde, durante los frescos otoños en La ville de l’amour. Mi labor es sencilla: esperar a que la gente termine de malgastar su tiempo y efectivo en manchas de pintura sin sentido ni trascendencia para poder tomar el trapeador y el paño y hacer, de una vez por todas, mi labor nocturna, noche, tras noche, tras noche. Ellos no saben lo que es sufrir, me digo a mí mismo para tranquilizar mi maldita ira que no hace más que corromper mi desdichada alma y mi desafortunada vida.

Heme aquí, como si no fuera ya suficiente tanto dolor, como si la vida me retuviera en espera de algo que, ambos sabemos, no va a suceder. Y no hago más que pensar:“¿Quieres que me pase algo bueno, destino perverso? Regrésamela. Si, tú sabes de quién hablo. Regrésame a mi razón de vida, de días, de muerte momentánea y resurrección constante. Regrésame a mi doncella, a mi escultura humana. Regrésamela para poder volver, pues no he vuelto desde su partida. Regrésame, detestable infierno, a mi Sofía.” Y dan las 20:40. Y son mis lágrimas con las que limpio, sollozando mi desventura, los cristales de los diecisiete ventanales alrededor del lugar. Y es la gente la que, al abrir la galería, admira la calidad con la que el mundo exterior se refleja a través de las majestuosas ventanas, sin percatarse por un momento que tanta belleza es en realidad producto una terrible desgracia. Y le dicen bella a la muerte, y le roban minutos al tiempo, y se funde la alegría con el dolor. La habitación de los espejos es con la que concluyo mi labor.

Tantas realidades aprisionadas entre cuatro paredes. Infinitos reflejados en infinitos. Hoy Sofía me dolió más que nunca, como si ocho años se convirtieran, por un momento, en una puñalada por la espalda; como si hubiera sido ayer. Mi dolor insoportable me impedía continuar con mi humilde labor y me recosté en el regazo de mi alma a llorar en silencio. Levanté la mirada y me sorprendió no haberlo visto antes. En medio del salón, escondido entre dos espejos, se encontraba un gigantesco cristal cubierto por una tela blanca. Los bordes de oro se percibían a través de ella, y su hermosura destacaba la sala entera, en especial ahora que la gente vulgar no se encontraba alrededor. Sequé mis lágrimas para no ensuciar la delicada tela, y la jalé hacia mis pies con sumo cuidado. Me miré en aquella extensión reflectiva, desgastado y viejo. Agaché la mirada en sinónimo de rendición y, al alzarme de nuevo, la tenía frente a mí. Sofía, la reina de mis sueños, mi eterno delirio y pesadilla, con sus cabellos largos, pechos pequeños y pensamientos desafiantes.

Toda ella, toda mía. Me miró a los ojos como si fuera la primera vez; levantó su mano y, sin tocarme, me recorrió, célula por célula, éste cuerpo que no le pertenecía a nadie, a nadie más que a ella. Me volvió a conocer, me memorizó, dejando huecos mentales con la excusa de mirarme y memorizarme de nuevo, para nunca hacerlo del todo. Sofía extendió sus delicadas manos intentando abrazar entre ellas el espacio que las mías le guardaron la vida entera. Miré, en tan solo un segundo, la viva imagen del amor, de la locura y de la poesía, todo envuelto entre las pestañas de una mujer. Cerré estos ojos que, ahora entiendo, nunca me pertenecieron realmente, pues no vivieron más que para maravillarse cada instante de ella; ella mi condena, ella mi bendita medicina. Ella, mi Sofía. Y entonces, desperté

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