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Si no puedes contra el enemigo, no te le unas

Ante la insensatez, nos enseñan a seguirla y no a erradicarla

Desde pequeños, los adultos se encargan de enseñarnos los buenos modales, los valores que debemos practicar, la educación y la cortesía. Nos enseñan a “tratar a los demás como quisiéramos ser tratados”, con un afán de vivir en paz unos con otros. Sin embargo, ¿qué pasaría si de verdad fuéramos tratados como tratamos al otro? Póngase cómodo, querido lector, que pretendo robarme su atención por un buen rato. Me parece que pocos se detienen un momento a meditar esta cuestión, y andan por la vida pensando que el mundo gira en torno a ellos y sus deseos, haciendo y deshaciendo todo lo que a su merced se encuentre.

Y algunos dirán “Es culpa de los padres”, pero es injusto repartir culpas cuando los actos son en individual. Sí, somos el resultado de nuestra circunstancia, pero no es la circunstancia la que actúa al final de cuentas: somos nosotros. Más de una vez he sido testigo, como muchos de ustedes, de cómo entre humanos nos denigramos y maltratamos. Y no, no me estoy refiriendo a las guerras o los actos de violencia. Estoy refiriéndome a aquella persona que le grita al mesero por traerle limonada natural en vez de limonada mineral; aquella persona que se pasa de largo cuando a otra se le caen sus cuadernos en el corredor escolar; aquella persona que sólo le habla al inteligente del salón para pedirle la tarea; aquella persona que piensa que su pareja estará ahí toda la vida y deja, de a poco, de darle el valor que se merece; aquella persona que abandona a su madre o padre cuando la salud lo complica todo…

Pensamos que las personas “malas” están planeando ataques terroristas o están gastando el dinero que en algún momento se robaron; pero no hay necesidad de ir tan lejos. Sin embargo, es difícil establecer un “bien” y un “mal”, pues depende, como dije anteriormente, de la circunstancia que cada quien ha vivido y la percepción que tengan al respecto de sus acciones. Y no, no estoy justificando los actos negativos con esta afirmación, pues todo aquello que perjudique a un semejante, desde una bala hasta un corazón roto, es un acto tal vez peor que la maldad, pues carece de algo que de verdad se necesita en la sociedad más que cualquier regla o forma de comportamiento: sensatez. Aquí lo alarmante, querido lector, más allá de lidiar con estas personas difíciles, es lo que se les aconseja a las víctimas de tales actos de insensatez: “Hijito, si te pega, tú devuélvesela más fuerte”, “No debes ser tan benevolente con los demás”, “No te preocupes, todos los hombres/las mujeres son iguales”. Éstas, entre otras frases que usamos tan seguido y tan comúnmente, se encuentran muy lejos de ser consejos, pues fomentan que la violencia con violencia se combate; que se regule la bondad para “no salir lastimado”. En pocas palabras, ante la insensatez, nos enseñan a seguirla y no a erradicarla.

Querido lector, dice la frase: “Si no puedes contra el enemigo, únetele”; pero no, no les demos el gusto. No dejemos de saludar a la gente desconocida por miedo a que te vayan a tratar con indiferencia. No dejemos de confiar en el amor si alguien no vio la grandeza que posees. No dejemos de ser amables con aquellos que te atienden sólo porque a otro le funcionó la agresión. No dejes de lado tu sensatez sólo porque otros la dejaron de poner en práctica. Si eres de los que apagaron, por alguna razón, su humanidad, nunca es tarde para encenderla. Y si prefieres no hacerlo, créeme, no pasa nada; pero pasa el tiempo y con el tiempo las oportunidades, esas que, algunas veces, ya no vuelven.

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