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Ajenjo: el hada verde

 El ‘hada verde’ provocaba visiones insospechadas, las cuales conducían al cielo o al infierno

La semana pasada y en este generoso suplemento-revista dominical de VANGUARDIA, el colaborador César Elizondo en su muy leída y gustada columna de “Hoy se habla de…”, en la página 48, publicó una espléndido texto donde nos contó de dos experiencias que ha tenido con esa bebida, tan extraña como prohibida lo es: absenta, ajenjo o como le llaman también, “el hada verde.” El reconocido empresario y columnista en lunas pasadas, nos relató con sus bien medidas palabras, andaba de viaje en alguna playa mexicana, donde el único pasatiempo es ver y contar ir y venir las olas. Aquí y en un bar, encontró en su carta la famosa bebida prohibida. Ya luego, deambulando en este Saltillo bello y terrible a la vez, tan vilipendiado por los fuereños, pero los cuales nunca se van, encontró de nuevo la bebida alucinógena en un restaurante de “alitas”, de los cuales hoy hay decenas diseminados en toda la ciudad.

Hay tantos merenderos de “alitas” como tiendas de conveniencia. En fin, cada quien sus gustos. Contaba Elizondo que en este tipo de lugares sin pretensiones, volvió a degustar esta bebida que es fuego puro para las entrañas el cual llevado por el torrente sanguíneo, va directo a nuestra materia gris para embotar los sentidos. Ignoro si sea el mismo restaurante/bar que yo conozco en el centro de mi ciudad, pero sí, en su carta allí está: “Absenta.” ¿Su valor? Una bicoca. Corrían los siglos XIX y principios del XX en Europa. Pintores y escritores se entregaban en brazos de una bebida, la cual luego sería prohibida: el ajenjo, la absinthe, la llamada “hada verde.” Sus efectos alucinógenos seducirían a todos: Toulouse-Lautrec, Van Gogh –cuenta la leyenda de su mítico corte de oreja para entregársela a una prostituta, lo hizo bajo los efectos del ajenjo–, Gaudí, Rimbaud, Verlaine, Hemingway, el dandy inglés Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Rubén Darío… la nómina es amplia y el espacio corto.

El “hada verde” provocaba visiones insospechadas, las cuales conducían al cielo o al infierno. Wilde escribiría: “Una copa de ajenjo es lo más poético del mundo. ¿Cuál es la diferencia entre un vaso de ajenjo y una puesta de sol?” El padre del modernismo en América, Rubén Darío, dejó por escrito: “París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Café Plombier, buenos y decididos muchachos… sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba.” Presa del alcoholismo, Darío dejó su mejor prosa en “El pájaro azul” y su vida en las copas de generoso licor. La visión se multiplica: Van Gogh, atribulado hasta la muerte, tituló uno de sus cuadros menos celebrados “El vaso de absenta.” El artista no sólo retrató la realidad despiadada de algún café parisino, Van Gogh otorgó nobleza a un mísero vaso de licor en el cual se adivina un líquido amarillo-verdoso, el cual está a medio consumir.

A su lado, una jarra de agua trata de equilibrar la escena, la cual es arrebatada a una mesa despostillada. Sigo escribiendo esta nota y me empieza a embargar una sensación de pérdida, depresión, de ausencia. Van Gogh, ese atormentado, volvería al tema en su cuadro “Mujer en el Café Tabourin”, pintado en 1887. Vuelve a aparecer la mirada perdida de la modelo, su imprescindible vaso de licor (¿ajenjo?). Todo ello en un ambiente decadente, mezquino, patibulario y claro, genial. Remata su texto César Elizondo contando que dicha bebida alucinógena no lo ha catapultado a las nubes. Elizondo ni lo necesita, su texto es ejemplo de buena prosa y de que el idioma español y en su pluma, aún tiene mucho que contar y cantar. ¿Y si formamos un “Club del hada verde” profeta Elizondo? EL AUTOR Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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