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El arte de la perseverancia

Hay que saber avanzar con un sonrisa en el rostro aunque el cuerpo duela

Emprender está de moda. Por todos lados surgen jóvenes con ideas ingeniosas sobre un nuevo producto. O un adulto, en plena madurez, decide abandonar su carrera para montar su propia empresa. O una mamá que se queda en casa empieza un negocio de ventas por internet. Todos son escenarios fantásticos. Por fin, como sociedad cada vez es más aceptable —y deseable— hacernos responsables de nuestros propios ingresos. Aplaudimos a los emprendedores. Sí, hay que reconocer el gesto de valentía cuando lo vemos. Cuando el joven no tiene miedo de andar un camino nuevo, cuando el adulto se atreve a hacer un movimiento audaz, cuando las madres encuentran un impulso en sus hijos y logran empatar un trabajo con la crianza de la familia. Bien. Pero esto es apenas el inicio de un camino que va a ser largo, cansado, difícil y con bastantes obstáculos.

No se trata de desanimar a aquel que quiera emprender. Se trata de pintar un panorama en el que las frustraciones, los recursos económicos restringidos, la acumulación de facturas por pagar, la falta de apoyo (a veces de nuestros seres más queridos) y la dificultad para encontrar personal de confianza son muy reales. Eso, sin contar la burocracia, las obligaciones fiscales, la imperiosa necesidad de hacer promoción y, desde luego, la competencia que es feroz.  En este contexto, ¿qué emprendedor es el que va a tener éxito?, ¿el que tenga la mejor idea?, ¿el que venda más?, ¿el que esté mejor conectado? Todas las variables mencionadas influyen, pero el que va a prosperar es el más perseverante.

Quien sea capaz de sostener el esfuerzo durante más tiempo a pesar de todos los obstáculos que se le presenten, ese, es el que va a triunfar.  Desde luego hay que tener capacidad y preparación, pero también hace falta tener el carácter que trabajar por cuenta propia requiere. Se forja a golpe de cincel, con muchos reveses y más horas de trabajo.  Hay que perseverar, sin perder el entusiasmo. No podemos permitir que las dificultades propias de nuestra labor nos secuestren la sonrisa. Entonces, es cuando perseverar se vuelve un arte, porque hay que avanzar, con muchos factores en contra, sin perder de vista la meta y con una sonrisa amplia aunque tengamos el cuerpo cansado de tanto aguantar.  Y entonces, cuando creíamos que ya no íbamos a poder más… empiezan a llegar uno a uno los éxitos.

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