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Como cuando estabas tú’

 Toca volver al lugar del que nunca me había separado, que he visto crecer y me vio crecer

En una de las letras de Joaquín Sabina, el viejo andaluz comprendió que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, lo cual es contrario a lo que quizás hemos escuchado de otras bocas o entendido en ciertas circunstancias. Entiendo, en parte, el motivo de su reflexión (o eso quiero interpretar): uno vive su momento de felicidad en cierto tiempo y espacio y nadie le asegura que al volver sea lo mismo, quizás por eso Sabina prefiere quedarse con el recuerdo placentero de haberlo vivido y no arriesgar la sonrisa de aquel instante. Sin embargo, aunque al final uno vive de recuerdos, siempre es bueno volver, sobre todo si de verdad uno fue feliz. Póngase cómodo, querido lector, que pretendo robarme su atención por un buen rato.

Escribiendo estas líneas por última vez en tierras españolas, sabiendo que hace nueve meses decía lo mismo escribiéndolas desde tierra saltillense, me parece impresionante pensar que pasado mañana, alrededor de las 11:00 pm, estaré de nuevo abrazada por mi patria y por mi gente. Puedo decir con certeza, después de esta brevísima estancia, que lo mejor que he hecho en estos 21 años de vida es haberme ido lejos, aunque, habitando el mismo mundo, nunca estamos tan lejos del todo. España y en concreto Pamplona se ha convertido en mi casa, en mi otro hogar y mi otra tierra que adoro y de la que estoy orgullosa de pertenecer, además de las personas que fui conociendo y amando en el camino, todas de distintos sitios, pero unidos por azares del destino en este maravilloso lugar navarro. Ahora, toca volver.

Toca volver al lugar del que nunca me había separado, que he visto crecer y me vio crecer; y, si me permito ser honesta, es confuso. ¿En qué momento se convirtió Saltillo en el lugar donde sólo volveré por lo pronto los tres siguientes veranos? Uno se va y se desconecta de la raíz un momento, pensando que al volver todo será lo mismo (“aquí todo sigue igual, como cuando estabas tú”); pero no, por supuesto que no. Si todo puede cambiar en un segundo, ¿qué no puede cambiar en nueve meses? Para ser sincera, estoy nerviosa, y es aquí donde entiendo al maestro Sabina, pues el hecho simple de pensar que tantos años de amor y felicidad pueden no volver a ser lo de antes produce angustia, miedo. Es evidente que no soy la misma persona, así como Saltillo no es la misma ciudad, así como las personas que me rodean habrán pasado por situaciones que las hayan hecho cambiar. Quizás se tratará de volver a conocer todo, de adaptarse de nuevo, de entender –o no- lo que ha pasado, tanto de mi parte con el todo como de la suya y la del todo conmigo.

Sin embargo, con todo y miedo, cuento ya los segundos para respirar el oxígeno de la ciudad, para levantarme con mi respectivo café de olla en Los Pioneros y para tantas otras cosas que tal vez en tres meses no serán del todo cumplidas, pero se habrán disfrutado las necesarias; y lo más importante, mi razón más grande para querer volver y por la cual difiero del señor Joaquín, es que vuelvo porque sé que no hay alguien, sino mucha gente que me espera. Sé que no sólo vuelvo a pisar mi tierra, pero vuelvo a los brazos que durante nueve meses han permanecido guardando el último abrazo de agosto, que se han dado el tiempo de seguir en contacto y que me han llenado de amor aún a unos cuantos miles de kilómetros; aun sabiendo que sólo vuelvo por un rato y me regreso a donde también moriré por volver y seguir con este sueño. Yo no sé si Sabina pensaba que nadie le iba a esperar en ese lugar donde fue feliz y amó la vida, pero, afortunadamente, yo estoy segura, así como seguros estén que yo también muero por verles y por volver… Siempre volver.

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