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El hada verde

Un amigo y compañero de página, Jesús R. Cedillo, fue quien me platicó de ella

“Es algo para probar antes de morir”, me dijo en alguna ocasión el poeta. También conocida como el diablo verde, el hada verde o absenta, es un licor a base de ajenjo que desde el tramo final del siglo XIX y hasta principios de este milenio estuvo prohibida en casi todo el mundo. Una leyenda cuenta que Van Gogh estuvo bajo sus influjos cuando cercenó su oreja; otra historia dice que solo así, Hemingway se atrevió a enfrentar una vaquilla dentro del ruedo en algún lugar de España donde no se vetó la peligrosa bebida.  La conocí en unas vacaciones meses atrás. Mientras las damas terminaban de arreglarse, me encontré con mis amigos en un estratégico oasis del hotel en el que nos hospedamos. Al leer el menú de bebidas, mis ojos tropezaron con el seductor nombre por el cual pregunté tantas veces con infructuosos resultados en bares y pubs, en tabernas y cantinas, en mercados clandestinos y reconocidas tiendas de vinos.

Había que probarla. La versión moderna no alcanza los casi noventa grados de la de antaño para inspirar como lo hizo con Baudelaire, Manet, Rimbaud, Oscar Wilde y otros. Pero te puedo decir que, observar el goteo por gravedad del agua helada desde una especie de vasija cristalina a través de un minúsculo grifo, para deshacer un terrón de azúcar sobre una cucharilla perforada, que a su vez descansa sobre el borde de una copa globo, cuyo contenido tiene algo de sabor anisado, que se convierte en lechosa alquimia al contacto con el azúcar que cae diluida con el agua fría, es en sí una experiencia por la que valió la pena visitar ese bien situado barecito. ¿El precio? similar al tequila que alguien ordenó y apenas por encima a la cerveza de mi compadre. Con respeto, preferí marear a la infusión con espaciados y largos bamboleos de la copa antes que su contenido provocase en mi los efectos por los que fue juzgada y condenada al ostracismo comercial y repudio social tantas décadas. Me retiré satisfecho de haber probado algo diferente, aunque un tanto desilusionado por una sensación que nunca llegó, o me negué a experimentar. Pasaron los meses.

Y resulta que voy a un restaurantito de alitas aquí en mi Saltillo, y así, como no queriendo, le pregunto al mesero si conocen el licor de absenta. Pues sí, si lo tienen. Ya aterrizado, me lo dan sin la parafernalia de aquel barecito gran turismo del destino vacacional. Igual, me voy despacio y con miedo en la ingesta del demoniaco brebaje. Y otra vez nada. Ni chamánicas alucinaciones, ni llegó la inspiración para escribir un octosílabo, ni se apareció un engendro verde, ni se me aclararon las ideas.   Quizás sea la cantidad. O quizá aquellos pintores, escritores y demás artistas que habitaron el mundo hace 150 años, tenían los sentidos más despiertos para saber apreciar las cosas. O tal vez, con pasmosa simpleza y terrible decepción, habrá uno de aceptar la ausencia del propio talento para lo artístico, y para lo bohemio. No lo sé. Pero seguiré buscando en mis periplos una fórmula más exacta de la poción, una que me acerque un poco más a lo experimentado por esa gente de siglos atrás con el hada verde. Por lo pronto, en mi próxima visita a ese restaurantito de alitas, aumentaré la dosis.

cesarelizondov@gmail.com

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