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Hogar: Relato de un insomnio

Hoy sé que hogar no es el lugar, sino las personas

Son las 04:30 am; tengo esta manía de abrir los ojos en plena madrugada, tomar una pluma y comenzar a escribir. La luz de la luna me da oportunidad de apreciar mi entorno. En veinte años de vida, es la primera vez que tengo una habitación para mí sola; sin embargo, no creo poder acostumbrarme a llegar y que no esté ella. Salgo, de puntitas, rumbo a la cocina, donde seguramente un té me ayudará a volver a la cama. Hace un mes, debía bajar una serie de escalones para finalmente llegar a la cocina, siempre repleta de antojos y personas queridas; ahora, al abrir la puerta de mi habitación, tengo frente a mí la cocina -que también es lavandería y sala de juntas- donde brillan y resaltan a cualquier hora las interminables latas de atún, mías y de mis “roommates”, que sobre los estantes se encuentran.

Mientras me preparo mi infusión natural, me transporto un momento al pasado, y veo a mi abuela cruzar la puerta de la cocina donde me encuentro actualmente diciéndome “Hijita, ¿me preparas un café?”; después, giro levemente la mirada y veo a mi papá sentado en la mesa de este comedor, rodeado de unos cuantos papeles y alguno que otro cigarro, dejando de hacer cualquier cosa tan sólo para mirarme y decir “Hola, mamachita hermosa”. Ahora se escucha la lluvia; me llueven los recuerdos. Me dirijo a la sala de este lindo, acogedor apartamento, con la esperanza de encontrarme con dos de las extensiones de mi ser: el piano, situado en una esquina, y mi madre con su guitarra en la otra, para así tener uno de nuestros tantos momentos artísticos, profundos; más no, no es así, por lo menos no por aquí. Mi taza y yo, un tanto nostálgicas e insomnes, nos decidimos a tratar nuevamente de conciliar el sueño y volvemos a nuestro cuarto a través del único pasillo que, además de que es el único que existe, es también el único que nos permite hacerlo.

Cuatro puertas lo adornan y sé perfectamente quiénes se encuentran dentro de ellas, pues son tres chicas quienes tienen gran parte de mi amor con ellas; pero prefiero engañarme pensando que en una duermen mi Coke y mi Nenuca, en otra mis papás, en otra el espíritu y corazón de mi abuela y en la última mi hermana –eterna compañía- y yo. Mi querido lector, sabiendo que se encuentra cómodo y probablemente melancólico, me dirijo por fin a usted. Bien dice la gente que “no hay lugar como el hogar”, y debo admitir que antes no lo comprendía, hasta ahora. El cuerpo, nómada por excelencia, podrá encontrarse alguna vez en lugares extraordinarios, con personas extraordinarias e instantes extraordinarios; sin embargo, después de cualquier éxtasis vivido, no existe nada como “volver”; volver a donde uno sabe que lo esperan, ansiosos de ver sus ojos y con los brazos bien abiertos. Hoy, lejos pero cerca, sé que hogar no es el lugar, sino las personas.

Hoy, entendiendo que para volver uno tiene que irse, prometo volver a ese abrazo permanente en el que todavía me encuentro, para así llenarnos, amarnos y vivirnos, sabiendo que, hoy y siempre, los llevo conmigo. Hoy los extraño y me siento feliz de hacerlo, pues uno, aunque ausente, está vivo donde se le extraña. La luz de la luna ha sido reemplazada por los primeros destellos del sol, los cuales alumbran una serie de fotografías que representan lo que más amo: mi familia, mi arte y mis “ocho”. La taza de té, ahora vacía, me sugiere que regrese a donde hace dos horas me encontraba inconsciente; pero mi alma se rehúsa ante ello, pues hace dos horas que emprendió un viaje del que seguramente no quiso ni querrá comprar un boleto de retorno; un viaje al lugar donde, fue, es y será siempre feliz, plena y amada: su hogar.

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