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Islandia es el mejor destino para visitar

Ir más allá del Muro, pisar la superficie lunar, estar en varios planetas de Star Wars y, sobre todo, quedarse sin palabras. Todo esto es visitar Islandia.

 

El director del hotel Rangá (Hella, a 95 kilómetros de Reikiavik) siempre advierte a sus huéspedes de una norma. Lo hace con seriedad, mirando muy fijamente a través de los cristales de sus gafas redondas de pasta –tan pasadas de moda que él las acaba de poner inmediatamente de moda–, en la primera noche. “Antes de que la cena esté servida, me gusta preguntar qué ha visto y qué ha hecho cada uno. Sé que puede ser y sonar anticuado, pero en el Rangá le damos importancia, precisamente, a esas cosas”, dice en el restaurante, mientras uno piensa si será esa noche en la que se atreverá a probar el frailecillo, el caballo o la ballena –sí, parte de la gastronomía en Islandia es peculiar– o si, por el contrario, se mantendrá en el lado convencional y volverá a pedir salmón, cordero o bacalao fresco, las otras especialidades del país. Y puede sonar y ser anticuado, sí, pero cuando uno está descubriendo Islandia la costumbre de este director de hotel es, si no justa, sí muy necesaria.

 

Hotel Rangá (Hella, a 95 kilómetros de Reikiavik)

 

Básicamente porque uno divisa a diario tal cantidad de belleza alucinante, diferente, sideral y estratosférica que, si no pone un poco de orden antes de irse a dormir, es muy probable que el cerebro sufra un cortocircuito.
No existen adjetivos para describir lo que el ojo ve desde que amanece –y eso puede suceder a las 11 de la mañana en enero o no suceder en ningún momento en pleno verano, cuando hay 24 horas de sol; tales son las marcianadas que se gast el astro rey por estas tierras– hasta que anochece, y cuando eso sucede es porque algo es nuevo.

Así es como uno se siente en esta isla en la que viven menos personas que en Murcia (literalmente: poco más de 300 mil habitantes en 103 mil kilómetros cuadrados): retado constantemente a encontrar una palabra que defina lo que uno percibe con la mirada y el corazón, y fallando estrepitosamente.
Sólo se puede abrir la boca… y boquear.

Y cada noche, antes de ir a dormir, rezar a todos los dioses para que conserven vívidos estos recuerdos en la memoria durante el mayor tiempo posible: La arena negra de la playa de Vik. El agua que deja marcas perfectas blancas sobre la arena negra.
Esos atardeceres rosas sobre los que vuelan pájaros negros. Los caballos salvajes que aguantan estoicos las nevadas y que corren libres contra el viento. La iglesia negra de Búdakirkja, en verano rodeada del césped más verde y en invierno de la nieve más blanca. La cascada de Gullfoss, tan épica, tan ruidosa, tan cruel, tan mayestática. Tan de verdad.Los platos de sopa caliente en las estaciones de servicio. El pan recién hecho para acompañar la sopa caliente. El café negro. Los géiseres del Parque Nacional de Thingvellir. Ese omnipresente olor a azufre. Los campos de lava negra, más suaves a la pisada de lo que se podría imaginar. El naranja oxidado de la hierba en invierno. El interior descarnado de las iglesias luteranas.El interior cálido, expuesto e intimidante de los hogares islandeses.

No tenemos nada que ocultar, todo está a la vista, hermano. Las lápidas con luces de colores en los cementerios que hay al lado de las iglesias. El avión DC-3 estrellado en 1973 y abandonado para siempre en la playa de Sólheimasandur. El Círculo Dorado. El paso de las cuatro estaciones en un intervalo de 15 minutos. Los perritos calientes de Baejarins Beztu, el puesto callejero que hay al lado del puerto, en Reikiavik. El azul tan perfecto que es irreal del Blue Lagoon, el spa natural más increíble del mundo. Las piedras negras que antes fueron troles que se atrevieron a mirar al sol. La luna, tan redonda y tan cercana como jamás la has visto en tu vida. El verde eléctrico de las auroras boreales.

 

La cascada de Gullfoss.

 

UN BAILE DE LUCES

Ay, las auroras boreales. Tan lejos, tan cerca.
Todo el que visita Islandia (especialmente en los meses más fríos) alberga la esperanza de verlas. Sus luces del norte son míticas. Esto nos trae de vuelta al Hotel Rangá y a su director, porque este hotel está especializado en el avistamiento de este fenómeno atmosférico por su emplazamiento privilegiado. Las auroras son caprichosas, como las musas, y en el Rangá lo saben; por eso, tienen un servicio de despertador en el que uno puede inscribirse cada noche para que, en el caso de que esas luces de colores imposibles bailen en el cielo, no se lo pierda por estar dormido.

 

Spa Blue Lagoon.
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