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De la seguridad y sus inseguridades

¿Por qué actuar de la manera en la que actuamos cuando sabemos a alguien “nuestro”?

Un día, una persona extraordinaria me dijo que los textos, al trazar su contorno, tienen una silueta que se asemeja a su contenido. Me gusta pensar que en cada uno de mis textos, si usted traza la silueta, será capaz de ver los paisajes que yo veo; que soy capaz de transportarlo a lugares majestuosos, cuya belleza provoca lágrimas de sólo observarlos. Me gusta pensar que lo llevo siempre conmigo, mi muy querido lector, pues su existencia es mi lugar más sagrado y seguro. Y no, no me da miedo que me piense “segura”, que tenga la certeza de que “me tiene”, pues, contrario a lo que a mayoría piensa y hace, me llena de felicidad tenerle y que me tenga.

No creo que exista alguien con más ganas de usted (sí, usted) que yo. La pregunta aquí es: ¿Por qué no permitimos que alguien más, alguien importante en nuestras vidas, tenga la certeza de “sentirnos seguros”? ¿Por qué pensamos que, permitiendo lo anterior, saldremos lastimados? Póngase cómodo, querido lector, que ya sabe lo que pretendo hacer con su atención por un agradable rato. Dentro de las necesidades básicas del ser humano, según la pirámide de Maslow, se encuentra en el segundo nivel de la misma lo referente a la “seguridad”. Nosotros, aún con todo aquello que hemos creado y que nos provee ese sentimiento de “superioridad”, tenemos y necesitamos un lugar seguro, llámese hogar, religión, lugar, objeto, entre tantos otros que cada uno ha creado.

Sin embargo, cuando de personas hablamos, nos aterra si quiera considerar el hecho de que alguien más piense que “nos tiene seguros”, ante lo cual levantamos invariablemente las barreras de orgullo, pues creemos que sólo así es cuando el otro “demuestra” esfuerzo, interés, cariño, apoyo e incondicionalidad al respecto. ¿Por qué hemos aceptado y fomentado tantas y tantas aberraciones como ésta que sólo mortifican y complican a quien las pone en práctica, así como a su entorno inmediato? Me parece ilógico que en la “inseguridad” prometemos encontrar la seguridad misma, obligando a alguien a realizar acciones que debiera realizar precisamente por la seguridad y la confianza depositada y no por la ausencia de ellas. Cuando una persona está dispuesta a hacer algo, lo hace por convicción, por ganas, por la misma seguridad que tiene hacia sí mismo y hacia su meta.

Quien de verdad te ama, ni siquiera tiene que esforzarse por que lo sepas, pues le sale natural con sólo saber de tu existencia. ¿Quién dijo que nunca debes hacerle pensar al otro que “le estás dando todo en charola de oro y plata”? ¿Qué no debiera ser eso el motor que le haga sentir al otro las ganas de cuidarte, respetarte, amarte, dar lo máximo de sí y no al contrario? Más bien, ¿por qué actuar de la manera en la que actuamos cuando sabemos a alguien “nuestro”? ¿Por miedo a tener un amor verdadero? ¿Por miedo al compromiso? ¿Por miedo a que alguien te conozca por completo? ¿Por miedo a ser feliz? Bienvenido a otro capítulo del interminable libro de “Las incongruencias del hombre y la mujer modernos”, pues pretenden encontrar la seguridad en las inseguridades del otro, sin saber que, por eso mismo, los inseguros siempre serán ellos; es ahí donde yo me pregunto ¿cómo puede sentirse uno seguro de otro cuando ni siquiera es seguro de sí mismo? Quizás no seré la mujer más vivida, sabia, con más experiencia; pero sí le aseguro una cosa: a las personas se les atesora, querido lector, más cuando de obsequiar sus sentimientos se trata, cuando existe un “te amo” de por medio. Llénese de quien le haga sentir seguro y de quien sepa que le tiene seguro; y, de una vez por todas, déjese de complicaciones y comience a disfrutar.

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