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La tortilla: Sol vivo de América

Nada como una tortilla recién salida del comal, enrollada en taquito y claro, con sal

Comos hijos del maíz. Así lo dicen nuestros dioses. No los dioses impuestos por la cruz y la espada traídos por los ibéricos en sus naves de ultramar, no; nuestros dioses ancestrales y primigenios, aquellos que caminaban codo con codo con los mayas y mexicas, con los tlaxcaltecas y las totonacas. Nuestros dioses tal vez y acaso, más humanos y cercanos que el Dios de Moisés y Abraham. Usted lo sabe, el libro sagrado de “El Popol Vuh”, dice a la letra que el maíz es el origen de la misma civilización. El gran Quetzalcóatl bajó a Mictlán (el hades cristiano, el infierno, los antros de la tierra; el lugar de los mismísimos muertos) y tomó huesos de hombre y mujer (Adán y Eva para los hermanos cristianos) y fue a visitar a la diosa Coatlicue, quien junto con estos huesos, molió maíz y sí, con la pasta resultante creó a la humanidad, a nosotros, los nativos de esta tierra.

Leyenda poderosa y bella, como lo es también la leyenda del Génesis y la presencia fulgurante de Iahvé a Moisés que lo ciega y obnubila. Le provoca miedo. Igual que miedo provocan aún los grandes dioses aztecas. ¿Dónde fue creada la humanidad y sus bastimentos, en el jardín del Edén bíblico o en Tlaxcala, lugar de nacimiento de la tortilla? En Náhuatl, Tlaxcala significa eso precisamente, “lugar de la tortilla de maíz.” Si usted ha ido de visita a este bello Estado, en su palacio de Gobierno se cuenta la historia de la entidad en grandes murales y claro, todo gira entorno al poder fundador del maíz y su linaje escogido.

Somos hijos del maíz y una de las creaciones estrella, de harta maravilla, la más grande tal vez, premio de la imaginación y alquimia de los mexicanos, el sol vivo de América y ahora en todo el mundo, la tortilla. ¿Ante tal portento de creación e imaginación culinaria, como reaccionaron los ibéricos, los hombres, los mílites barbudos que procedían de ultramar? Caramba, pues si eran bárbaros, peor que nosotros en muchos aspectos, y debido a su escaso bagaje, procedían y procedieron a “entenderlo” todo en base a su experiencia y conocimiento europeo.

De aquí entonces tanto equívoco en la vocación adánica de estos peninsulares al ir nombrando, “bautizando” lo que aquí veían y que sí, ya tenían nombre entre nosotros. ¿La tortilla? Al verla y para ellos, era “pan de maíz” (Francisco López de Gómara). Puf. ¿El chile? Para Cristóbal Colón fue “Pimentón de Indias.” El buen Colón venía por pimienta y especias, pues no iba a quedar mal con sus altezas reales, por lo cual al probarlo, dijo que era por su sabor fuerte como la “pimienta.” Ya luego, en el siglo XVI, los españoles le llamaron ají. Cuando las semillas del chile pasaron a Europa, perdieron todo su poder: el picor. Por eso ahora hay variedades como el desabrido “pimiento morrón.” Usted lo sabe, soy fanático de la tortilla con sal. Así crecí.

No pienso cambiar. Mi madre al preparar las tortillas (en metate y cocidas en cazuela de barro, directo al fuego activo), solía aventarlas con precisión milimétrica en un canasto (chiquigüite, le decíamos) el cual tenía un fino paño bordado. Aquí se iban apilando las tortillas, los soles amarillos, vivos, inflados por la bendición de las ascuas de fuego. Yo solía de vez en vez ir al canasto y tomar una, lo cual me merecía un regaño fraternal, a lo cual mi madre agregaba, “no te la comas así sola, ponle sal muchacho…” Manjar de dioses y señores. Fray Bernardino de Sahagún lo contó así: “Las tortillas que cada día comían los señores, se llamaban totonqui tlaxcalli tlacuelpacholli, que quiere decir tortillas blancas y calientes y dobladas…” Vamos iniciando e incitando a la glotonería azteca. Nada, nada como una tortilla recién salida del comal, enrollada en taquito y claro, con sal. Harta sal.

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