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Si no lo veo, como quiera existe

Los grandes cambios comenzaron con la iniciativa de uno solo al hacerse

 Dando crédito a las diferentes perspectivas que cada persona alberga dentro de su mente y respetando las distintas maneras de apreciar la misma situación, uno podría pensar y asegurar que, en efecto, cada cabeza es un mundo. Sin embargo, aunque infinitos pares de ojos difieran y compartan miles de opiniones acerca de una cosa o evento, existe aquello ante lo cual alzamos o bajamos la vista, repitiendo en nuestra mente el mantra que nos alivia de todo: “si no lo veo, no existe”. Somos capaces de admirar todo lo que nos rodea, tomándonos el tiempo que nos sobra y falta para cuestionarnos y maravillarnos ante ello.

No obstante, si bien somos humanos y nos dejamos llevar por el factor sorpresa de la vida, también somos humanos y menospreciamos lo que, sin tanto alboroto y por más cruel que se escuche, no nos interesa; sabemos que aquello que carece de nuestro interés está y es real, pero para quien mira y no le importa se convierte inmediatamente en lo que llamaremos una realidad “visible pero invisible”. Y, ¿qué es esa realidad que nos negamos a aceptar? Más bien, ¿por qué tenemos tanto miedo de aceptarla? Póngase cómodo, querido lector, que pretendo robarme su atención por un buen rato. Pongámonos en una situación común: vamos por la calle, ya sea manejando o caminando, y observamos a todas las personas que en ella transitan al igual que nosotros; algunas en coche, en camión, otras a pie o en bicicleta y otras tantas que se encuentran durmiendo en un cartón o en el vasto suelo debajo de un puente o sobre una banqueta. El semáforo nos detiene y justo al lado nos encontramos a un buen amigo, a quien saludamos intempestivamente y con quien charlamos mientras esperamos nuestro turno de cruzar.

Esa es la realidad de ese momento, y somos conscientes de con quién hablamos y lo que estamos haciendo. Justo después, dentro de esa misma realidad visible ante los ojos de cualquiera, se acerca un individuo a pedir ayuda o una cooperación para su persona o para algún otro motivo en específico, interrumpiendo la charla con nuestro conocido. Casi en automático la respuesta es negativa, y con esa reacción hago referencia a la manera más educada de responder, pues hay quien sigue charlando como si el individuo no existiera, incluso quien lo denigra y le muestra la parte más fría de su indiferencia. Nótese en este claro ejemplo cómo vemos aquello que queremos ver, construyendo mentalmente una realidad donde existe solo aquello que queremos que exista, convirtiendo a seres visibles en invisibles; a seres reales y con sentimientos en objetos sin valor.

¿A qué le tenemos tanto miedo que no somos capaces de aceptar todo lo que nos rodea? Pues precisamente a eso: el aceptar que somos cómplices y coparticipes de esa realidad; caer en la cuenta de que no existe a quién echarle la culpa, pues es una culpa comunitaria; aterrizar en los hechos, en la pobreza, en las vivencias y maltratos de quienes ocupan las celdas de la cárcel; de quienes sufrieron un abandono material y emocional y de quienes son realmente “seres del mundo”, pues es el mundo quien los cuida y no nosotros, sus “hermanos”. No nosotros, los llamados “seres humanos”, “seres conscientes”, “seres pensantes”. Si a tanta indiferencia se le puede llamar “pensar” y “ejercer nuestra capacidad de raciocinio”, perdóneme, querido lector, pero estamos cayendo derecho en las fosas de un abismo sin retorno. Que no nos gane la conveniencia; que no nos gane el creer que hay otros haciendo algo al respecto. Los grandes cambios comenzaron con la iniciativa de uno solo al hacerse consciente del valor inherente que poseemos todos los seres humanos: la dignidad. Y si de dignidad hablamos, yo le pregunto, ¿quién es usted para decir quién la tiene y quién no?

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