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Merecer(te)

El ser humano y su constante interés por “demostrar”, ¿no? Qué desgastante. Bien podría ir uno por el sendero de la vida, sin prisas, sin las preocupaciones y alteraciones cotidianamente innecesarias; sin embargo, siempre hay alguien, algo que nos detiene y nos asegura (de verdad lo aseguran) que tenemos que hacer constantemente demostraciones, declaraciones, actos públicos, entre tantas otras cosas para que se avale nuestra “calidad humana”, nuestra “buena conducta”, nuestro compromiso, ética, valores, veracidad, cariño, palabra… Y todo para que, de esta manera, nos sintamos “merecedores” de lo que venga después, no antes. ¿Quién nos habrá hecho tanto daño como para pensar que nuestra mera presencia en el planeta no es suficiente para “merecer” todas las cosas maravillosas que en él residen? Póngase cómodo, querido lector, que pretendo robarme su atención por un buen y delicioso rato.

Qué poco valor nos damos individualmente como para pensar que “no merecemos”, sobre todo aquello que augura bienestar y felicidad. Más de mil veces hemos escuchado, visto, incluso dicho las famosas frases “No sé qué hice para merecer esto” y “No sé qué hice para merecer a alguien como tú”. Me preocupa, querido lector, que de verdad tengamos estancado en el cerebro ese pensamiento tan pobre, pues ¿por qué no vamos a merecer todo lo lindo que existe? ¿En qué momento nos creímos, entre millones de cosas que nos hemos creído, que tenemos que “ganarnos” todo? “¿Quieres esto? Gánatelo. Merécetelo.” ¡No, carajo! Vivimos en una constante e inconsciente competencia (quizás consciente, por desgracia) para ver quién “merece más” o para “hacernos merecedores” de respeto, calidad de vida, amistad, amor, atención, dignidad y todos los valores y derechos que, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya poseemos por el simple hecho de ser y existir, sin necesidad de tener que probárselo a nadie.

Alguien dijo alguna vez que “mereces lo que tienes” y no podría estar más en desacuerdo con dicha afirmación, pues no considero a nadie “merecedor” de un sufrimiento como la pobreza, la enfermedad, la necesidad y la nula convicción de querer disfrutar de la vida. Lo más irónico es que, en algunas ocasiones y en nuestro estado mental de exhibirlo todo, para “merecer” un trato digno a veces debemos hacer cosas realmente indignas que nos inclinan a sufrir; por ejemplo, trabajar más de doce horas al día bajo la supervisión de un tirano por miedo a no poder mantener a una familia numerosa con un salario mínimo, lamerle los zapatos al jefe por miedo a que no nos suba de puesto, eximirnos de omitir una opinión ante algún maestro por miedo a que no esté de acuerdo y nos repruebe, sacrificarnos toda una vida y cumplir la voluntad de un humano que, en el nombre de un Dios, asegura una eternidad y un paraíso; rogarle/llorarle/suplicarle a alguien que nos “otorgue” su perdón durante incontables años, fallarle a las convicciones personales por una cantidad desmesurada de dinero, por mencionar algunos. En resumidas cuentas, los que nos mueve a realizar acciones que demuestren que sí merecemos lo bueno son un posible castigo o un posible premio al respecto.

Para “merecer” todo lo que la vida tiene aguardado para ti, sólo debes saberte merecedor de ello; mírate en un espejo y date la oportunidad de merecerte, aceptarte, amarte. Mientras te sigas contando que tu mera presencia en el mundo no es suficiente como para estar rodeado de bendiciones, seguirás siendo esclavo de aquellos que, por no saberse merecedores de las cosas buenas, se dedican a hacer sentir menos a los demás. Querido lector, yo te pregunto, ¿quién eres como para pensar que no mereces ser feliz?

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