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Once hostias

 ¿Qué necesidad satisface con esa hostia, pedazo de pan, que escucha de forma hueca once veces decir, es el cuerpo de Cristo?

Por qué este hombre comulga tanto cada día? Cuando lo imagino en repetidas ocasiones recibiendo la comunión durante una jornada, consulto en la web y confirmo de distintas fuentes la misma norma: puede una persona comulgar dos veces, en diferentes oficios. Pero, ¿doce veces? A primera hora, puntual asiste a misa de siete en el Santuario, la única que atiende completa; baja a las ocho a Nuestra Señora del Carmen y llega tarde a Catedral para el oficio de las 8:30 am. A medio día comulga en San Esteban y antes de las nueve de la noche recibe por última vez la comunión de nuevo en la Iglesia del Carmen, ya con otro sacerdote. Se las ingenia para averiguar horarios en El Calvario, Nuestra Señora de la Luz, San Francisco de Asís, San Juan Nepomuceno y también, a las cinco de la tarde toma la hostia en la parroquia del Santísimo Cristo del Ojo de Agua.

Identifica a los párrocos y sus horarios para no repetir al mismo, repite algunos templos, pero nunca al oficiante. Vaga de un lado para el otro durante el día por el centro de la ciudad. No trabaja, su única preocupación es llegar a tiempo para la comunión. Parecido a un bono, en casamientos y misas de quince años, por defunciones o cualquier tipo de acción de gracias, aprovecha y asiste, y puntual se forma en fila luego de la antífona de la comunión. No se le permite ingresar a los restaurantes que frecuenta la gente acomodada, pero nadie le impide asistir a los mismos templos. Sábados y domingos son para él como para todos los demás: un banquete de lugares y de horarios. Imagina su aspecto y añade una aportación al lugar común del vago: Ropas viejas, harapientas y hediondas; barba cana y larga, ensortijada en un engrudo de grasa, polvo e indescifrables fluidos; ojos tristes, profundos, oscuros y cansados, carentes de un brillo que no extrañan, y es que jamás lo tuvieron. Su piel, que ayer fue brillante y grasa, hoy calcárea y quebradiza, la tiene pegada al hueso. Con todo, un aire de dignidad parece cernirse en él, o al menos así lo siente.

¿Qué busca este hombre, una y otra vez en misa? ¿Qué necesidad satisface con esa hostia, pedazo de pan, que escucha de forma hueca once veces decir, es el cuerpo de Cristo? Al hombre que nada tiene, ¿Qué le puede ofrecer una Iglesia de la que él se sirve, pero en la cual no cree? Porque, estarás de acuerdo conmigo, hay quienes pueden ser religiosos y seguir un dogma, sin por ello creer en su Iglesia. Por la noche camina hacia el poniente, hasta el arroyo, más allá de las vías del tren.  Ahí es donde tiene una guarida que consta de un techo de lámina amarrado a unos altos arbustos, ahí donde la autoridad le dice una y otra vez que no puede asentarse en definitiva por su propia seguridad, pero donde el contubernio permite a cientos de familias vivir en modernos desarrollos habitacionales cuyas bardas sirven para aislarles de los vagos del arroyo, pero no del riesgo de vivir junto al caudal. Antes de dormir, agradece a su dios porque recibió a Cristo en la primera misa de la mañana; con ello subsiste su alma. Enseguida, da gracias por haber sobrevivido un día más con la dignidad de no pedir limosna para comer… y es que once hostias, le son suficientes para apaciguar el hambre; con eso subsiste su cuerpo. Los miércoles duerme ansioso, porque en algunos lugares, los jueves la hostia es remojada en vino; con eso subsiste su espíritu.

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