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Pena ajena

Las joyas que dan muestras de la más excelsa estupidez humana en nuestros representantes

Decir que da pena ajena es decirlo mal. Pena propia es atestiguar todas las cosas que le pasan a nuestros presidentes, alcaldes, gobernadores, diputados y un sinfín de personajes que, aunque no nos gusten, no hayamos votado por ellos, o no distingan el amor comprado del amor verdadero, siguen siendo la representatividad de todos.

Pena ajena es lo que haga, diga, omita o vomite el canciller de Ucrania, el entrenador de la selección de Indonesia o el líder de los monjes del silencio adscritos a la montaña oriental de la península del norte de una oscura religión aria con tres seguidores. Las joyas que dan muestras de la más excelsa estupidez humana en nuestros representantes escogidos o impuestos (lo mismo da para la política, la religión o el deporte), son pena propia. Mientras seas mexicano, católico o panadero, lo que salga de la boquita del gobernante, lo que haga un mal obispo o un caliente sacerdote, y el penal que falle alguien que se gana la vida con los pies, es para dar pena propia, porque ahí vamos todos en la bola.

¿A dónde vas, columnista? Ya nos perdimos. Bueno, lo que sucede es que una vez agotada la parte urgente y humana de los temblores e inundaciones que azotaron a nuestra nación (la parte económica apenas viene con repercusiones a largo plazo), nos quedamos con las notas secundarias como el caso Danielle y Denise – me niego a llamarlo el caso Frida Sofía- o el caso Peña y las cajas del DIF, que bien podríamos llamarlas cajas chinas.

Y aquí vengo a torcer más las cosas: para entender porque somos cómo somos, habremos de regresar a la campaña presidencial gringa de 1960 entre Richard Nixon y John Kennedy. Achís, achís, ¿Tanto así? Pues si. Y es que todos los que hayan estudiado un pasito más allá de las aulas y de los planes de estudio de comunicación o ciencias políticas, saben que ahí nació el culto a la imagen que tanto daño le hace al mundo entero el día de hoy. Economizando espacio y letras, diré que Kennedy remontó en la intención del voto cuando apareció joven, fuerte y confiado durante los primeros debates televisados de la historia, esto ante un Nixon convaleciente por una lesión que lo mostró demacrado, enfermo y descuidado ante 80 millones de espectadores atrapados por la magia de la incipiente televisión. De ahí, la receta que se ha viralizado sin reparos ha sido la de nariz respingada y dentadura color de luz al final del túnel, una familia y un perro, el vientre plano y un par de maquillistas para tapar toda mancha. Pero…

Pocos han estudiado después el fondo de la campaña de Kennedy: no fue una propuesta hueca. Tuvo un discurso inteligente en donde hizo partícipe de las decisiones al electorado. Guerra fría, economía, religión y valores, fueron temas que Kennedy no rehuyó y gracias a eso, más tarde, la imagen física y mediática dio el golpe final por el que millones cantearon su voto hacia un candidato inexperto, pero que siempre enfrentó las cosas.

De regreso: No hace falta decir que, como partidos bananeros, aquí la tropicalización del efecto Kennedy se dio solo en cuanto a imagen, nunca en cuanto al contenido de las propuestas. Y así, del “arriba y adelante” de Echeverría podemos dibujar una línea que pasa por la bravuconería de Fox hasta la deplorable imagen de Peña Nieto suplicando para que se le sumen a una puesta en escena durante la entrega de apoyos del DIF, en donde la imagen de un mandatario sin liderazgo que pasa cajas vacías no sería mayor problema a no ser que, lo único que alguna vez tuvo fue una elaborada, calculada y refinada percepción creada sobre las bases del culto a la imagen, y no de los ideales. Igual que caja vacía ¡¡

¿Pena ajena? Nunca. Es pena propia lo que nos pasa en este país.

cesarelizondov@gmail.com

 

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