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¿Qué dirán?

Basta de dejarse controlar, manipular, oprimir y fastidiar

 A continuación, estoy a punto de realizarle un test psicológico que me ha enseñado la persona en quien habita una parte de mi alma (sí, Elsa Alicia, me refiero a ti) con afán de introducir el tema del día de hoy; por lo tanto, le recomiendo que se ponga cómodo desde ahora para que comience a disfrutar del buen rato que le espera. Piense en sus tres animales favoritos, querido lector, sin tomarse tanto tiempo y en orden de importancia; de cada uno, encuentre tres características por las cuales ese animal es de su agrado y ocupa ese puesto en específico (cabe mencionar que puede interrumpir brevemente la lectura para realizar el ejercicio anterior).

Ahora que ya tiene sus tres animales con sus respectivas tres cualidades de cada uno, permítame explicarle lo siguiente: el primer animal que le vino a la mente simboliza la persona que usted quisiera ser, perfectamente descrito por usted mismo con esas tres palabras clave; el segundo, simboliza la persona que los demás piensan que usted es; y, para finalizar, el tercero simboliza la persona que usted es en realidad. Le concedo otro breve momento de reflexión al respecto, pues sé que lo anterior, que la mayoría del tiempo resulta ser correcto, es una enorme revelación que nadie le ha expuesto, excepto por usted y su inconsciente… Su quizás traicionero inconsciente. Sin embargo, de esos tres tipos de personas, hay una en especial que aflige y angustia en sobremanera a los seres humanos, atormentándolos a nivel mental por voluntad propia: el segundo, conocido de otra manera como el dichoso “qué dirán”.

Yo les pregunto, ¿qué dirá quién? ¿Quién es lo suficientemente imponente como para controlarlo de tal manera que no pueda hacer nada sin primero pensar en qué pensará alguien más al respecto? ¿En quién está dejando el mando de una vida que no es de nadie más que suya? ¿Por qué la persistente intención de demostrar y aparentar? Demandamos tanto el tener “voz y voto” y, al tenerlo, tomamos asiento y guardamos silencio. Admírese, mi querido lector; véase como lo que es: un ser completo, perfecto irrepetible, especial… Sobre todo especial.

Volvemos a la pregunta que he hecho no menos de diez veces: ¿Quién le ha hecho creer tantas atrocidades? ¿Quién le ha dicho que la vida se reduce a las complacencias de un círculo social y de lo que dictan las tendencias? ¿De lo que le han asegurado que es “la verdad”? Si bien somos un constante estado mental andando, ¿por qué engañarnos pensando que las barreras nos las han puesto otros cuando, en realidad, quienes se han incapacitado para vivir, gozar y “ser” en total plenitud hemos sido nosotros mismos? Basta de arrojar culpas al viento, ese es el camino de salida más sencillo. Basta de dejarse controlar, manipular, oprimir y fastidiar.

Basta de limitarse ante tantas y tantas cosas, ante tantos y tantos individuos a quienes nosotros les hemos atribuido superioridad, poder, dominancia, vida. Me parecen demasiados nuestros propios demonios internos como para dejarnos sentir inferioridad ante otros externos que, realmente, sólo existen cuando no hacemos nada al respecto; cuando así lo hemos querido y aceptado. Cuando hemos sido voluntariamente ciegos, depositando la felicidad en aceptaciones y retribuciones que debiéramos obsequiarnos cada mañana al mirarnos en el espejo. ¿Qué dirán? Que digan lo que quieran, pues, como lo dijo Buda, existe sólo una cosa que puede dañar más a uno que su peor enemigo: los pensamientos propios.

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