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Quejarse no cambia el mundo

Un cristiano vive con la conciencia de que siempre se puede hacer algo bueno y útil

Pequeña, enérgica, alegre; un rostro de niña con grandes ojos grises que se iluminan con la sonrisa. Así es Vera Laškova, una moscovita de edad madura que en el año 68 fue procesada con tres amigos por el gobierno comunista. Aquel sonado “proceso de los cuatro” suscitó una viva reacción en un mundo hasta entonces paralizado por el terror. “En los años 60 estudiaba cinematografía y me encontré con un grupo de chicos y chicas interesados por el arte, la cultura y la poesía, que en oposición a la cultura oficial habían fundado SMOG (siglas de “la más joven sociedad de genios” en ruso). Hacían circular poesías, organizaban debates y exposiciones artísticas. Naturalmente, iniciativas de este tipo estaba rigurosamente prohibida por el gobierno… Pero éramos jóvenes libres del miedo que atenazaba a nuestros padres; teníamos enormes ganas de vivir, como todos los jóvenes del mundo, creo.

Ninguno imaginaba que habríamos acabado en la cárcel”. La KGB entró en acción. “Para intimidarnos registraban nuestras casas una y otra vez. Me quitaron todos mis bienes más personales. No me queda ni una fotografía de cuando era joven”. En aquellos años conoció a Jurij Galanskov, poeta cuyo Manifiesto humano se convirtió en el himno de la resistencia juvenil. Él fundó la revista Fénix, que Vera transcribía a máquina. Galanskov murió a los 33 años en un campo de trabajos forzados, pero ella siguió trascribiendo montañas de lo que en ruso llamaban samizdat, revistas clandestinas. “La falsedad, la hipocresía, me daban náusea en sentido casi físico. Ha sido siempre ése el motivo que me ha movido a trabajar. Nunca tuve la idea de rehacer el mundo, o de sostener o combatir a figuras políticas; quería sólo oponerme a la mentira o al menos no ser su cómplice”. En el proceso de 1968 fue condenada a un año de cárcel. “Ahí tuve la experiencia más importante que le puede suceder a una persona en su vida, es decir, el encuentro personal con Dios. No fue nada de extraordinario, sino una llamada dulce y suave a mi corazón. Aquella fue mi primera experiencia de Dios, una experiencia fortísima (…)”. Miles de personas se movilizaron para pedir la libertad de esos jóvenes.

Al salir de la cárcel siguió transcribiendo obras de famosos disidentes, hombres de una pieza, que pagaron un alto precio por su valentía. Entre 1993 y 2000 también ella sufrió el destierro. En la actualidad vive jubilada en Moscú, con la pensión mínima. ¿Decepcionada, amargada? “Ahora trato de hacer todo lo que puedo en la Iglesia y en el barrio. Si supieras cuánta gente necesita ayuda… Francamente no tengo tiempo de amarguras. Un cristiano vive con la conciencia de que siempre se puede hacer algo bueno y útil”. Vera sigue sonriendo a sus setenta años con la misma ilusión que cuando era una joven de veinte, porque no ha dejado de creer en los grandes ideales que dan sentido a la vida del ser humano. Hoy recuerda feliz una vida que no vivió replegada en el egoísmo, sino en la entrega de sí misma… porque sabe que para cambiar el mundo –el suyo– quejarse sale sobrando.

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