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Ser papá

Se es padre en todo momento: en los alegres y en los tristes, en los de soledad y en los de compañía, en la cruz y en el gozo

 

Todavía no amanece y Sebastián ya está despierto. Ágilmente pasa por las habitaciones, tapando tiernamente a los hijos, como queriendo acariciar a cada uno con su mirada. Siempre ha pensado que él descansa enormemente con sólo verlos dormir apacibles.

En pocos minutos, y después de tomar él una ducha, levantará a sus retoños uno a uno: Mónica, Sebastián, Valeria y la más pequeña de todos -un encanto- Isabelita. A pesar de hacerlo todas las mañanas, parecería que la rutina no menoscaba la dicha de sentirse padre de esas hermosas criaturas y de disfrutar con verlos dormir plácidamente.

Después de no pocas fatigas para arrancarlos de las sábanas, Sebastián prepara el desayuno y las loncheras de su “pequeño ejército”. Y mientras asistimos al ritual de levantar a los niños, no podemos pasar por alto el amor y cariño que puso en preparar esos sándwiches y el desayuno para cada unos de esos “pedacitos de su corazón”. “Daría la vida misma por cada uno de sus hijos”… ¡Y de hecho ya la está dando! Porque ellos son la plenitud de su existencia, su orgullo y su “profesión” más importante. Derrama amor en cada rincón y en cada acción. Sus miradas dicen plenitud y don. Él sabe que es indispensable para sus hijos, especialmente desde la muerte de su esposa Mónica hace ya tres años.

La conoció en la universidad. Los dos quedaron mutuamente prendados. Lo que se diría comúnmente “amor a primera vista”. Él, ingeniero civil; ella abogado. Él construyendo puentes y carreteras -arreglando la circulación del país-. Ella defendiendo los derechos y deberes de los ciudadanos, asegurando la convivencia entre humanos. Cada uno contribuyendo a “construir” un mundo mejor.

Cuando años atrás cualquier visitante les preguntaba: ¿cuál consideran su mejor obra, de cuál están más orgullosos? Ambos respondían sin dudar: “nuestra familia”. Porque “creemos que si fracasamos en nuestro objetivo de ser una familia unida y feliz -que no significa exenta de problemas – hemos fracasado también rotundamente como personas y como profesionales”. Así me lo escribieron hace ya unos años.

Y es que nada más verlos ya te transmitían ternura y alegría. ¡Cómo se quieren! Papá y mamá al centro, rodeados de caritas alegres pidiendo y prodigando, al mismo tiempo, amor y comprensión, cada uno a su manera. “Yo no cambio estos momentos de hermosa convivencia familiar por nada del mundo”, solía entonar Mónica. Y Sebastián asentía con los ojos, como queriendo indicar que Mónica le leyó el pensamiento y se expresó por él.

Hoy, Sebastián recuerda con dolor, pero con gratitud esos años pasados juntos. Y aunque ya no ve los ojos adorados de Mónica, aprende a reconocerlos en los de sus cuatro hijos. Aunque ya no siente su abrazo consolador, las manitas filiales que le acarician todos los días le animan a seguir adelante y a amar. Porque se es padre en todo momento: en los alegres y en los tristes, en los de soledad y en los de compañía, en la cruz y en el gozo. Y ¡qué importantes son para cada uno de nosotros!

Por eso este domingo, además de ver juntos el partido de México, Sebastián abrazará a sus cuatro hijos y recibirá la felicitación por el día del padre. Y se sorprenderá por los “grandes” regalos que sus pequeños le darán. Y una vez más comprenderá que ahí, en esos cuatro pares de ojos

y abrazos radica toda su felicidad y todo el sentido para seguir amando y caminando en este mundo nada fácil de un papá en solitario.

A él y a todos los papás del mundo -al mío de manera particular- digo con el corazón: ¡feliz día del Padre!

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