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Sombras y brillos

Hablar de no responder a la violencia con la violencia ante una inminente guerra o ante un hecho de este género, quizá sea fácil. Fácil cuando las muertes no nos tocan en primera persona

 Muchas personas lo vieron entrar ese día en la alcaldía. Lo conocían de sobra. Durante días, quizás una semana, había acudido diariamente a entrevistarse con el alcalde. Ciertamente hoy no lucía su mejor cara. Subió las escaleras y giró a su derecha. Observó a la secretaria del alcalde que trabajaba afanosa. Ágilmente y sin intercambiar palabra alguna con la secretaria, hizo girar la manilla del despacho del alcalde y entró. Sacó de su bolsillo una pistola… Dos disparos sordos resonaron en el interior. El hombre salió como energúmeno. Otra descarga cerró los ojos de la secretaria que lo miraba aterrada. El arma letal se enconó todavía contra tres personas más: una en las escaleras, otra a la salida de la alcaldía y un joven en el parque. Después, sujetó temblorosamente la pistola, la apoyó contra su sien y acabó por matarse a sí mismo.

Así fue como inició aquel día negro en Favara, un pueblecito italiano de la región de Agrigento. Un suceso que tiñó de tragedia la vida de varias familias. El móvil de esta serie de homicidios fue un anhelado puesto de trabajo que nunca se le otorgó. Una mente un tanto desequilibrada y sedienta de venganza. Todo el pueblo, conmocionado, se vistió de luto. Los cinco féretros de las víctimas fueron transportados, entre una marea humana, hasta el cementerio para su sepultura. Voces de indignación se levantaron en el pueblo: “¡Ese asesino no puede ser enterrado en nuestro cementerio!” “¡Cómo es posible que sus restos vayan a descansar junto a los inocentes a quienes quitó la vida!” Pero una voz se hizo escuchar con mayor fuerza: “Perdono, de todo corazón, al asesino de mi esposo”.

Una mujer vestida de negro, con gafas de sol ocultando sus ojos irritados y el corazón desgarrado por el dolor. La esposa del alcalde pronunció estas palabras que contrastaban fuertemente con la indignación general. Palabras que llenaron de admiración los corazones de todos los que acudieron al sepelio y sosegaron los ánimos. Y con toda razón, porque hablar de no responder a la violencia con la violencia ante una inminente guerra o ante un hecho de este género, quizá sea fácil. Fácil cuando las muertes no nos tocan en primera persona. Pero ¡qué distinto! cuando el que muere es alguien a quien amamos y que nos ama… Aquí el perdón –hecho vida- deja de ser retórico y se hace heroico. Estas muertes sin duda son una mancha oscura en la historia de este poblado. Pero como sucede con los cuadros -en que las sombras hacen resaltar con más fuerza e intensidad los brillos- el testimonio de esta mujer brilla con mayor fuerza, con esplendor deslumbrante, porque incluso entre los hechos más tristes podemos encontrar una buena noticia.

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