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Una mujer detrás de una sonrisa

¿Hay todavía alguno que no sepa quién es Gonxha Inés, la que se fue a la India, dio su vida por los marginados y que murió en Calcuta el 5 de septiembre de 1997?

Gonxha Inés era una muchacha normal, de ésas que se ven pasar a diario a nuestro lado, pero cuando cumplió 18 años tomó una decisión que cambió toda su vida: dejar su Albania para vivir únicamente ayudando a los demás. Desde ese momento se llamó Teresa, como para decir: «Gonxha, la muchacha ordinaria, ha quedado atrás; ahora lucharé por ser una mujer especial». Fue a Irlanda, pero poco duró su paseo por la tierra de San Patricio, y cuatro meses después ya estaba en camino a la India para dedicarse a ser maestra de colegio.

Teresa creía tener ya arreglado el resto de su vida. Pero un día sintió que “alguien” la llamaba a hacer algo más, algo tan grande que parecía imposible. Ella, tan pequeña, proveniente de un país casi ignorado, ¿entregarse «totalmente» a los pobres, a los parias, a los enfermos de sida, de lepra? ¿Donarse completamente a los que nadie -pero nadie- quiere? ¿Cómo financiaría su obra? ¿Quién la iba a seguir en aquella vida miserable? ¿Quién iba a reconocer su trabajo? Teresa intentó hacerse de oídos sordos, pero la voz persistió: «¿Me lo negarás, Teresa?» Ella ya sabía quién le habla: era Jesús.

Y no, no se lo negó. Dejó sus planes en el tintero. Fundó una asociación de amigas de los marginados, de hermanas de los tuberculosos, de misioneras del amor. Cambió su hábito de monja por una especie de sábana blanca (el «sari») y por una sonrisa detrás de la cual guardó un secreto que nadie sabría hasta después de su muerte.

Poco después de haber iniciado la obra de los pobres, Teresa sientió un tremendo y fatal abandono de Dios. ¿Es que Dios la ha olvidado? Se mata por Él y, ¿la abandona? Reza, pero parece que Dios no la escucha.

Quisiera echar por los aires su proyecto. Pero Teresa reflexiona que Dios ya ha hecho demasiado por ella, que es hora de que ella le demuestre que lo ama sin ningún interés. «Si yo amo a Dios –piensa – tengo que demostrárselo». Y puso manos a la obra.

Como sabía que Jesús estaba en los necesitados, continuó recogiendo enfermos por la calle y curándolos, llevando comida a los pobres, consolando a los huérfanos, a las viudas. En definitiva, se dedicó a amar a Cristo en los pobres. Así, Teresa convirtió su dolor en amor. Y continuó haciéndolo hasta que Dios la llamó, hace ya 20 años, a estar con Él en el cielo.

Y aún hoy, desde el otro lado de la frontera, nos grita que aunque no “sintamos” amor, podemos amar; que incluso siendo pobres podemos enriquecer a muchos; que aun si nuestra alma llora, podemos sonreír para que otros no lloren.

¿Hay todavía alguno que no sepa quién es Gonxha Inés, la que se fue a la India y cambió su nombre por Teresa, la que dio su vida por los marginados y que murió en Calcuta el 5 de septiembre de 1997? No lo creo; todo el mundo sabe quién es la Madre Teresa de Calcuta, esa mujer santa que supo sonreír y entregarse a Dios y a los demás en medio de muchas dudas y oscuridades interiores.

Y me pregunto si tú que lees estas líneas has dejado de creer en Dios o en la Iglesia; si has tirado la toalla por alguna razón que sólo tú y tu corazón conoces. Con los ojos sonrientes de la Madre Teresa te hago una invitación: ¡dale a Dios una nueva oportunidad! Te lo pedimos por tu misma felicidad y por esa paz que seguramente andas buscando.

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