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Un vaso de leche para Geppetto 1/3

Collodi, siendo hijo de la Italia toscana, teje su fabulosa historia en base a la gastronomía de su región. Inmerso en la mejor tradición italiana del buen yantar

A lo largo del devenir y trajinar de esta columna gastronómica, usted y yo hemos explorado los cuentos de hadas, historias para niños (realmente son para adultos), donde se puede bucear por sus letras y tradiciones varias, y abordarlas desde diferentes aristas o claves: es decir, leer, explorar y analizar el mito del héroe liberador (el príncipe) quien redime y seduce a una princesa encantada (por lo general, lacerada por malos tratos de una Reina, la cual muele sus espaldas. Es el caso de Cenicienta, la cual sí, todo el tiempo limpia cenizas del horno, de la estufa y chimenea); en otros textos de príncipes, hadas y dragones, podemos leerlas éstas en clave estética para el placer de los sentidos; en otras historias y en base a lo que nos interesa en esta columna, al leer los cuentos en clave gastronómica, no pocas veces nos hemos encontrado, tropezado realmente, con descubrimientos gozosos y audaces. Fue el caso cuando aquí glosamos a “Hansel y Gretel” y la cesta de la niña de la caperuza roja, Caperucita roja.

El año pasado y como es menester año con año, fui a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, ya convertida en un monstruo de hartos, miles de libros. Antes iba casi los diez días que duraba esta fiesta; ahora sólo voy de dos a tres días y aquello atiborra los sentidos. Es tal la oferta, que es imposible decidirse por un par de libros. Imposible. Quiso entonces el azar (en este tipo de eventos el azar, la coincidencia, el “acaso” son pieza fundamental de los descubrimientos en materia de libros y autores) que oteando libros aquí y allá en un módulo de libros españoles, di con el siguiente volumen: “Las Aventuras de Pinocho” (1881), de Carlo Collodi y las ilustraciones originales en su momento, de Carlo Chiostri. El libro está publicado para editorial Biblok de España. Me ha costado una pequeña fortuna, pero caray, lo he disfrutado enormemente.

Ha sido una de mis últimas lecturas con las cuales he sentido ese placer de dioses que es leer. Leer y abrevar de las palabras de un genio como lo fue el italiano Collodi (1826-1890). ¿Por qué me ha costado una pequeña fortuna este texto, este libro de 254 páginas, si en teoría y sólo en teoría, en cualquier tienda de autoservicio o librería medianamente surtida, hay varias ediciones disponibles de “Pinocho”, como conocemos al juguete, a la marioneta de madera y sus aventuras? Este señor lector, es la edición original. Sin cortes ni censura; es decir, no es la versión deslactosada, light, sin gluten ni grasa, a lo cual nos tiene acostumbrado Hollywood cuando retoma estas historias y cuentos para podrirlos inmediatamente; nada de eso, es la versión original y es una aplanadora de pensamiento que se puede leer en varias claves.

Lo que nos interesa es la gastronomía y Collodi, siendo hijo de la Italia toscana, teje su fabulosa historia en base a la gastronomía de su región. Inmerso en la mejor tradición italiana del buen yantar, la comida, y la bebida marcan las aventuras de la marioneta de madera, siempre atada a un elemento: el hambre. Apenas en el inicio del texto, en su primer capítulo, el pedazo de madera, el tronco burdo que era antes de pulirlo, Pinocho, está a punto de ser arrojado al fuego por el carpintero, maese Cereza, para cocinarse un “buen puchero de habas”, cuando del tronco sale una vocecilla de niño que implora con un “¡Ay, ay, ay!” a partir de este momento, todo el texto y las aventuras (desventuras, realmente) de Pinocho, girarán en torno a un elemento: la comida o la usencia de ella, mejor planteado. Léame por favor el próximo domingo.

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