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Un vaso de leche para Geppetto 2/3

 En teoría tres libros para niños, los cuales y en realidad, son para adultos. Adultos-lectores los cuales deben tener mucha perspicacia

 ¿Qué tienen en común los siguientes tres autores de culto, esos tres escritores en teoría, para niños: Carlo Collodi, James Matthew Barrie y Lewis Carroll? Los tres, admirados por sus libros digamos, “infantiles”, o para este nicho de lectores, jamás tuvieron hijos. De hecho, Collodi y Carroll nunca se casaron, fueron solteros hasta su muerte (como Jesucristo, vaya). Barrie si se casó, pero su matrimonio fue un fracaso inmediato. Y claro que usted lo sabe, Collodi es autor de “Las aventuras de Pinocho”, Carroll es el escritor de “Alicia en el país de las maravillas” y Barrie es autor de “Peter Pan.” Lo repito, en teoría tres libros para niños, los cuales y en realidad, son para adultos. Adultos-lectores los cuales deben tener mucha perspicacia, atención en la lectura y plumón rojo en mano para subrayar los filones de oro que se desprenden de sus páginas. Le repito la ficha del libro el cual estamos abordando en clave de gastronomía: “Las Aventuras de Pinocho” (1881), del italiano Carlo Collodi (1826-1890). Con las ilustraciones originales en su momento, de Carlo Chiostri.

El libro está publicado para editorial Biblok de España, con 254 páginas. También usted lo sabe, pero lo dejo por escritor para que usted cuadricule su puzle: Collodi es italiano (vivió habituado como hijo del sol, al aire libre y con cierto acceso al vino, la pasta, los quesos y la leche fresca); Barrie y Carroll son ingleses, por lo cual, el ecosistema, la geografía, el clima hostil, la temperatura y su entorno, modelaron sus letras. Y como buenos ingleses, habitaron la niebla, la lluvia casi perpetua y para éstos, la comida solo es una referencia; no así el estallido del sabor y color como lo es la comida (glotonería) para los italianos (recuerde usted el libro luego hecho película de “Comer, rezar, amar” de la periodista norteamericana Elizabeth Gilbert. “Comer”, claro, es en Italia). El ambiente, la circunstancia nacional, el entorno inmediato son lo que deletrea y moldea la condición social y aventuras de los personajes en no pocas novelas y cuentos. Y lo anterior toma residencia en “Las aventuras de Pinocho.”

Todos los sucesos de la marioneta de madera tienen un común denominador: la comida. O la ausencia de ella. En el capítulo cinco, que tiene como sumario las siguientes letras, se anuncia el episodio que leeremos: “Pinocho tiene hambre y busca un huevo para prepararse una tortilla, pero cuando menos lo espera, la tortilla vuela por la ventana.” Resumamos: Pinocho tan pronto empieza a caminar con sus pies nuevos hechos por su padre (de entrada, no tenía pies) Gepetto, se rebela contra éste y huye de su casa. Al andar deambulando y no encontrar comida, le espeta al grillo parlanchín con el cual ha trabado efímera amistad: “¡El hambre es una enfermedad muy mala!” Al ver un gran montón de basura, sus ojillos se encuentran con una “cosa lampiña y blanca”; sí, era un huevo.

A lo cual Pinocho, preso de frenesí y en éxtasis, se preguntaba: “¿Cómo lo cocinaré? ¿Me haré una tortilla? No, lo mejor será hacer un huevo al plato… ¿o mejor frito? ¿Y si me lo bebo? No, lo más rápido es cocerlo en el plato o en el sartén… ¡Qué ganas de comérmelo que tengo?” el problema fue uno: cuando rompió la cáscara para verterlo en una sartén con agua (no tenía ni aceite ni mantequilla), surgió un pollito “muy amable y alegre” el cual, se fue volando… Esta es parte de la vida (Insisto, desventuras) de Pinocho: luchar contra el hambre, conseguir alimentos para él y ya luego, para su padre (el famoso vaso de leche diario que cuesta enormidades). Léame por favor próximo domingo, esto cada vez se pone mejor.

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