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Vidas reflejadas: cuarta y última parte

Desperté aquella mañana de Julio, sabiendo que los segundos siguientes serían los últimos de mi momentánea existencia

Querido lector, espero que para este momento haya conectado todos los puntos. He aquí el cierre de una historia que, en algún lugar, detrás de algún espejo, continua escribiéndose. Tercera llamada… Comenzamos. Cuando uno carga con el peso de los años bajo sus ojos es, irónicamente, cuando más quiere uno regresar el tiempo y vivir de nuevo; caerse por primera vez sin temor de quedar parapléjico, experimentar el amor sin llevar previas cicatrices del mismo, mirar a la muerte como una historia, un mito, una fantasía creada por la alucinante mente humana. En una mano un libro, en la otra mi atesorado bastón. Así tomo mis caminatas diarias de mis contados días en el interior del “Hospital San Buenaventura”. He visto médicos de nuevo ingreso que son ahora grandes eminencias recorrer estos pasillos, y cada uno de ellos sabe quién soy, pues generación tras generación me han tratado esta enfermedad sin satisfacción alguna. Sin embargo, he aprendido a vivir con ello.

La insulina tuvo que dejar de ser mi enemiga, pues la mayoría de mis amigos y seres queridos se encuentran o bien difuntos o fuera del alcance de mi memoria. Pero la vida en el hospital -en medio del dolor, la agonía y alguna que otra buena nueva- es, pienso yo, la principal razón por la que nosotros los enfermos nos encontramos tan afectados. No es la enfermedad en sí, no es la ausencia de cura; es la falta de sonrisas, de amor, de vida. Cada mañana, después de mi dosis diaria dirigida a mi páncreas, muevo mi cada vez más pesado cuerpo hacia el tocador del baño, y me miro en el espejo; ese espejo que tantos años me vio crecer, cambiar, sonreír. Ese cristal que, después de retirarle el paño blanco con el que lo cubro cada noche, deja relucir su marco de oro, casi iluminando por completo la penumbra de mi involuntaria residencia.

Una lágrima inicia el trayecto de su final. A pesar de mi avanzada edad y mi perjudicada evocación de hechos, conozco el hospital de punta a punta: cada habitación, cada historia, cada ser que habita por un tiempo (o por siempre) esta especial institución. Y camino recargada en mi tercera pierna repartiendo alegría, la poca alegría que le queda a mi alma por compartir en este mundo. Pero, al final, es mi reflejo (y mi insulina) mi fiel y obligatorio compañero. Y es el espejo el que me hace pensar, aunque sea por unos segundos, que a través de él tengo a la única persona que me queda: a mí misma. Ese día de verano, con un sol incontenible, debió haber sido el más largo de todos. Segundo tras segundo vi pasar las horas; guardia tras guardia a los médicos; pena tras pena a los seres humanos. “Llévame ya, novia de negro. Tómame con tu manto y deja que me disuelva entre tus misterios…” El dolor de mi pierna era ya inhumano, y, conteniendo el pánico, me acomodé para intentar, sin éxito alguno, conciliar el sueño, antes de que el dolor, tan desconsiderado y plebeyo, arribara nuevamente.

Esa noche me vi en el cristal remarcado de oro. Me vi pequeña, joven, inmadura, perdida, segura, enamorada, destrozada, exitosa, realizada, encontrada. Me vi y caí en la cuenta que, afortunadamente, fui amada. Y con eso, bueno, ¿qué más se le puede pedir al paréntesis de la existencia? Desperté aquella mañana de Julio, sabiendo que los segundos siguientes serían los últimos de mi momentánea existencia. Inhalé la última bocanada de aire que yacía a mi alrededor, me levanté y, por última vez, me mire al espejo, aquel espejo tenebroso donde se refleja la indeseada y, sin embargo, anhelada realidad. Y entonces, volví a despertar.

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