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Vidas reflejadas: segunda parte

Me vi reflejada en el espejo. Vi mi boca, mis hombros, mis pensamientos; vi mi alma, mi vida entera en un veloz pero infinito momento

Mi querido lector, un breve comentario antes de que comience con la segunda parte de esta historia surrealista. Debe prestar suma atención a los detalles, pues no es una narración seriada. Poco a poco irá descubriendo el sentido del título de la misma; pero, hasta entonces, disfrute y déjese llevar por ella, como si fuese usted quien frente al espejo se encuentra. Comenzamos. Debieron ser las 9:08 de la mañana cuando me percaté de que seguía tendida entre las sábanas que me arropaban tiernamente en mi alcoba. Sabiendo que de todas maneras llegaría tarde al trabajo, me tomé la libertad de regalarme a mí misma una mañana sin el estrés habitual. Tomé la ducha más agradable de mi corta vida, pensando cómo las situaciones definen a uno; cómo la circunstancia es la escritora del libro de nuestra realidad.

Ya vestida, maquillada y relajada, salí a las calles de la Ciudad de México, esperando ser sorprendida por algo, alguien… Qué se yo. Tantas tiendas, tanta publicidad, tanta manipulación visual me tenía absorta; más aún el hecho de aquellos que, cayendo en sus garras, la portan. Sin embargo, todo era regular: la gente, las calles, la contaminación. Bajaba por Reforma cuando miré entre las tiendas un pequeño local donde se vendían espejos. No pude evitar recordar a mamá: “El espejo es el mejor amigo de la mujer”, solía decirme cuando yo era pequeña, mientras la observaba plasmar arte en sus pómulos y labios frente al majestuoso espejo de su tocador. Fui arrastrada por voluntad propia hacia el lugar, llamado “Cristales y algo más”.

Abrí la puerta e inmediatamente quedé maravillada. El lugar guardaba su esencia de antigüedad y contenía espejos de todos tamaños, formas y materiales. Pero, a pesar de la incontable colección de cristales, fijé mi atención en uno que se ubicaba al fondo, en la esquina del lado izquierdo. No había nadie en la recepción, así que me acerqué cuidadosamente a contemplar la grandeza de aquel artefacto fabricado por el hombre. Lo cubría una manta blanca, pero se podía apreciar a través de ella los retoques del extraordinario espejo. Sin duda alguna, fue sublime saber que estaba hecho de oro puro.

De nuevo, giré la mirada para corroborar que nadie estuviera presente en la mesa de la recepción. Siendo éste último hecho verificado, tomé la manta y tiré de ella hasta que su total extensión terminó a mis pies. Me vi reflejada en el espejo. Vi mi boca, mis hombros, mis pensamientos; vi mi alma, mi vida entera en un veloz pero infinito momento. Me percaté que la reflexión del espejo no era yo; sin embargo, hacíamos los mismos movimientos, las mismas respiraciones, la misma incertidumbre. Contemplé en sus ojos un vacío, un sentimiento de ausencia, una presencia fugitiva. Recordé a mamá y sus extrañas reacciones ante su espejo, como si de pronto no fuera ella la que estuviera ante aquel reflejo, su reflejo; y sentí su pulso, sabiendo en mi interior que hacía catorce años que ese pulso había cesado, convirtiéndome en dueña de ese último latido.

La joven del cristal extendió su mano con intención de tomar la mía. Todo estaba claro: los cuestionamientos del universo, la raíz del origen, el más allá. Todo estaba resuelto en la realidad que albergaba ese otro mundo que se proyectaba frente a mí. Sin más temores, sin más preguntas, sin más dolor, tomé la mano de mi alterno reflejo y cerré mis ojos, mientras una lágrima se asomaba para comenzar el trayecto de su final.

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