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Violencia y amor: ¿Sinónimos o antónimos?

Hemos distorsionado el concepto de amar a un grado en que “si no duele, no es amor”

Toda nuestra vida está rodeada de conceptos; no somos sino un manojo de todo lo que creemos que sabemos -si es que en realidad sabemos algo-, pues ¿según quién? ¿Según qué? No obstante, entre esa conceptualización se encuentran dos en especial que resuenan en nuestra mente desde el principio de la existencia: el amor y la violencia. Antónimos por excelencia, son dos de las primeras palabras que uno adquiere en su vocabulario del día a día, tratando de inclinarse lo más posible al concepto del “bien” que, en este caso, es el amor. Vamos, y ¿qué es el amor? ¿Qué es la violencia? ¿Qué tan seguros estamos que son antónimos y no sinónimos, mezclando ambos significados para crear uno que, tal vez, es lo que hemos utilizado todo este tiempo? Póngase cómodo, queridísimo lector, que pretendo robarme su atención en este sabroso rato.

Es interesante cómo al preguntar acerca del amor en general nadie menciona amor fraternal, amor de madre, amor en las amistades; en todos los casos existe ese concepto erótico-amoroso que nos orilla a pensar incluso que, sin él, no existe amor del todo. Desde pequeños nos rodeamos de este sistema de ideas establecidas que “controlan” a la sociedad; es entonces cuando las primeras concepciones de “amor” llegan a los oídos y capacidad cognitiva de uno, procesándolo de la manera en que lo escuchamos, pero sobre todo en la manera que lo observamos. Nos enseñan a amar incondicionalmente, sobre todo a nuestros padres y al núcleo familiar más cercano; pero, ¿qué pasa cuando, en su caso, el padre o la madre maltrata al niño? ¿Qué pasa cuando uno de sus hermanos le trata de forma denigrante? Éste niño, poniendo ante todo aquel concepto de “amor incondicional”, confunde amor con violencia, pensando que esas demostraciones agresivas no son más que una muestra de cariño, y no de cualquier persona, sino de quienes “más lo aman”. Es justo así la manera en que comienza la confusión, los malentendidos, la idea del sentimiento más bello tornada en el más doloroso, el encuentro fatal de la violencia con el amor. He aquí la raíz de tanto dolor, tanto sufrimiento innecesario y desdicha que ha provocado en los seres humanos el sentir que “no son queridos”. ¿Cómo es que alguien, en algún punto de su vivir, puede tener el fugaz pensamiento de que no es estimado, querido, amado? ¡Me hierve la sangre de tan sólo pensarlo! ¿Cómo es que siendo más personas en el mundo de las que debiera haber alguien se sienta tan abandonado, tan confundido, tan solo?

Pasamos esta y quién sabe cuántas otras vidas “buscando” a alguien que nos ame, que nos ame “de verdad”, poniéndole al amor criterios y reservando el derecho de admisión, pues es común también creer que el amor es “limitado” y, cuando menos lo esperemos, se puede terminar. Buscamos, a su vez, libertad y perfección, atormentándonos con parámetros e ideales fantásticos que el sistema ha insertado tan correctamente en nuestro cerebro y que seguimos día con día, tomándolos como verdad absoluta y haciendo todo lo posible por estar a la vanguardia. Hemos distorsionado el concepto de amar a un grado en que “si no duele, no es amor”, convirtiendo los antónimos en sinónimos y –consciente o inconscientemente- estando de acuerdo al respecto.

Mi querido lector, considero preciso que se dé un momento y haga esta reflexión interior, pues, aunque haya pasado el tiempo, nunca es tarde para empezar de nuevo, dejarnos de ataduras mentales y ser ejemplo de aquello que buscamos, aquello que queremos, aquello que -aunque creamos que no- en verdad somos: la inequívoca manifestación viviente de la realidad que alberga la palabra “amor”.

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